Biografía de San Narciso en resumen

San Narciso nació a finales del siglo I y tenía casi 80 años cuando fue nombrado trigésimo obispo de Jerusalén.

En 195, él y Teófilo, obispo de Cesarea en Palestina, presidieron juntos un concilio de los obispos de Palestina celebrado en Cesarea alrededor de la Pascua. Allí se decretó que la fiesta se celebrara siempre en domingo, y no continuamente con la Pascua judía.

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Biografía de San Narciso en resumen

El obispo e historiador Eusebio dice que el siguiente milagro puede ser atribuido a él: Un año después de la Pascua, los diáconos no tenían aceite para las lámparas de la iglesia, lo que era necesario en el oficio divino solemne de ese día. Narciso ordenó a los que se ocupaban de las lámparas que le trajeran agua de los pozos vecinos. Hecho esto, pronunció una devota oración sobre el agua.

Entonces les ordenó que la vertieran en las lámparas, y así lo hicieron. El agua se convirtió inmediatamente en petróleo, para gran sorpresa de todos los fieles. Parte de este aceite milagroso fue guardado allí como un memorial en el momento en que Eusebio escribió su historia.

La veneración de todos los hombres buenos por este santo obispo, sin embargo, no podía protegerlo de la malicia de los malvados. Tres incorregibles pecadores, temiendo su severidad en la observancia de la disciplina eclesiástica, lo acusaron de un acto terrible.

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Los pecadores juraron que tenían razón, añadiendo lo siguiente a su testimonio: Uno deseaba que perdiera por el fuego, otro, que fuera golpeado con una lepra, y el tercero, que perdiera la vista, si lo que alegaban no era verdad. Sus acusaciones eran falsas, sin embargo, y pronto la Retribución Divina los llamó.

El primero fue quemado en su casa junto con toda su familia por un incendio accidental en la noche, el segundo fue golpeado con una lepra universal y el tercero, aterrorizado por estos ejemplos, confesó la conspiración y la calumnia, y por la abundancia de lágrimas que derramaba continuamente por sus pecados, perdió la vista antes de su muerte.

Narciso o bien no pudo soportar el choque de la audaz calumnia, o quizás lo convirtió en una excusa para salir de Jerusalén y pasar algún tiempo en soledad, que había sido durante mucho tiempo su deseo. Pasó varios años sin descubrir en su retiro, donde disfrutó de toda la felicidad y ventaja que una conversación cercana con Dios puede otorgar.

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Los obispos vecinos nombraron un nuevo pastor para su iglesia hasta que Narciso regresó. A su regreso, los fieles se regocijaron y lo convencieron para que volviera a asumir la administración de la diócesis, lo que él hizo.

Al llegar a la vejez extrema, hizo de san Alejandro su coadjutor. San Narciso continuó sirviendo a su rebaño, e incluso a otras iglesias, con sus oraciones asiduas y sus fervientes exhortaciones a la unidad y a la concordia, como testifica San Alejandro en su carta a los Arsinoítas en Egipto, donde dice que Narciso tenía en ese tiempo unos ciento dieciséis años. El Martirologio Romano honra su memoria el 29 de octubre.

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